Últimamente me rodean versus de todo tipo. Las encrucijadas, las espadas y las paredes invaden mi deseosa e impecable llanura mental. Con fuerza deseo lo retórico pero, paradójicamente, insulto la libre interpretación. El universo parece notar mi sonrisa satisfecha y, muy curioso, suele preguntarme si acaso estoy enamorada, ya que paseo con semejante alegría. Mis tripas escupen la respuesta sin filtrar y, terminante como nunca, contesto que justamente es mi falta de enamoramiento lo que me mantiene el ceño descansado y la piel tersa.
Este alarde de mi bienestar disparó la inquietud más peligrosa: ¿qué hace estar bien a las mujeres? ¿Qué nos hace brillar? Al margen de estar sumergidas en tratamientos capilares que mantienen el marco de nuestro rostro espejado y sedoso. Aparte del arsenal de cremas y cosméticos que por las noches luchan para desplegar lo inestirable, y las lociones que vienen con brillantina incorporada. ¿Cuál de todas ellas es la que se encarga de ese resplandor interior que se nota al caminar? Ese que casi se huele y nos vuelve las dueñas del mundo. ¿Acaso está siempre vinculado al enamoramiento o, en su defecto y en mi caso, a su ausencia? ¿De dónde sale esa fuerza que nos recuerda que no nos dejemos de lado? En el caso de que el culpable sea un
Intento derrocar el absurdo mal uso de la famosa media naranja. ¿Qué nos pasa que siempre estamos en busca de algo ajeno que nos complete? Si no es un hombre, es un hijo. Para el caso, ¿las únicas Mujeres, con todas las letras, son las felizmente en pareja, o las embarazadas?
¡Piquete a la división de mandarinas y frutas semejantes! Es el cuchillo filoso que raciona la naranja lo que marca la incompletud de nuestro cuerpo. Ese es el mayor riesgo. Seamos naranjas enteras. Otros serán pomelos y limones, pero sin fracciones. (Entre nos: ¡qué pésima elección de una fruta con forma tan contraria a nuestra silueta!)
¿Por qué la mitad de nuestro yo es históricamente otorgado a alguien que no es uno? Esa mitad añorada que nos sienta de maravillas y nos hace brillar, se llama amor propio, autoestima. Entonces mejor seamos ensalada de frutas, total…¡bananas sobran!
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