domingo, 11 de octubre de 2009

Flower Cat

Desde el momento que se comunica que el sexo del bebé es femenino, inmediatamente los padres temen a la histeria adolescente posterior . Casi como una consecuencia de la doble equis que nos compete: el gataflorismo. Nuevamente, estamos enlistadas bajo un nuevo rótulo, al que respondemos al son de “la gata-flora: si se la meten, chilla y si se la sacan, llora”. Por lo visto, los machos cabríos actuales también anhelan un poco más de flora en su fauna, y se sumaron a nuestro refrán.

¿Es que el gataflorismo lo llevamos en los genes, o es tan solo una etapa, o un juego? ¿Más vale quejoso que arrepiso, o más vale pájaro en mano, que cien volando?

El abuso lúdico, sin embargo, puede resultar fatal. ¿Hasta dónde sigue siendo pícaro y atrapante que el NO reemplace al SÍ, y que SÍ sea NO?

¡Piquete al inventor de esta jerga agobiante generadora de malos entendidos, desencuentros y discrepancias! Combates que dejan pasar tranvías que valía la pena tomar. ¿Será más simple en aquellos países orientales, donde los matrimonios son simplemente negocios, y las parejas son elegidas por sus antecesores? Muy divertido el jueguito, pero su exceso es histeria, y rozarla, es un viaje de ida, tanto para el histérico como para el sosegado.

Dicen que la inconformidad es el motor del progreso. Refuto, cuando de relaciones se trata. La reversa, la marcha atrás, es el único cambio disponible para dicho propulsor. La involución se vuelve obligatoria ante el exceso de resoplidos.

¿Podría decirse, entonces, que los ingredientes necesarios para el gataflorismo son una dosis de disconformidad, varias dudas, una pizca de queja sobre un colchón de placer enlatado?

¿Son las gata-floras aquellas que les viene mal lo que poseen, y desean lo que les falta? ¿El personaje que desea la suprema de pollo que pidió su amigo, en vez de sus capeletinis? ¿O es el ahogo que provoca el dicho “Uno no se da cuenta de lo que tiene, hasta que lo pierde”, suficiente para mantenernos dubitativas hasta asegurarnos que estamos eligiendo bien? Creo que las parejas deberían tener un receso unánime en donde se revalúa la valoración del otro. Y así llegar al disfrute certero.

¿En algún momento termina este juego de vaivenes mentirosos? ¿Cuándo da sus frutos? ¿Quién gana? ¿Puede uno por fin relajarse y disfrutar cuando están las cartas sobre la mesa, y ya está todo dicho, o hacerse rogar es perenne?

Creo que las gata-floras, entonces, no somos gatitos, sino gatillos pero con flor de miedo a disparar.


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